jueves, 16 de diciembre de 2010

God Save The Bunnymen

Es una fría mañana limeña, una de las tantas con las que últimamente suelo encontrarme al despertar a pesar de que prácticamente es ya verano. Nuevamente soy victima de este gris amanecer tan limeño con el que hemos de convivir indefectiblemente, como si el cielo se confabulara con los medios para alimentar esa apatía de una gran mayoría que tiene bastante con alimentarse día a día de noticias cada vez más escabrosas, violentas e inverosímiles. En las calles la rutina va haciendo efecto en las almas que van rumbo a sus trabajos, circulando unas apresuradas, otras ensimismadas, indiferentes. Una vez en la combi, la apatía inicial de un parroquiano se va tornando en rabia y llega a esgrimir un grito que surge de en medio de ese conglomerado de caras, razas y hasta olores que viajan apretujados, entremezclados con alguna que otra muestra de sorprensiva elasticidad de quienes viajan a pie, como si estuvieran jugando Twister con el vehículo en plena marcha. "¡Apúrese! ¡Parece que nos lleva de paseo!", "¡Avance!", "¡Ya está lleno!", "¡Oiga! Maneje bien, ¡no está llevando animales!". Es un día más en la ciudad.






“¿Cómo llegué hasta aquí?”, “¿Por qué actuamos así?”, “¿Cuándo dejamos de interesarnos en los demás?”, “¿Qué hice para desencantarme de aquello que en mis años de rebeldía me pareció justificable?” – me pregunto. Próximo a arribar a mi destino, mi inconciente parece querer responderme, mientras en mi mente resuena un coro que resume en parte mi actual cuestión existencial: “Fate, up against your will….”. “¿En qué momento dejé de ser individuo para convertirme en una pieza más de un engranaje cultural y mercantil que ha adquirido dimensiones globales?” - me repregunto. Nuevamente, las reminiscencias del coro de ‘The Killing Moon’ parecen darme la respuesta: “… he will wait until you give yourself to him”.

Llego a la conclusión que no lo he buscado, me he dejado alcanzar. No fue casualidad, sino un acto deliberado, producto de una de las tretas que este sistema mejor utiliza para envolvernos, seducirnos y redefinirnos: la búsqueda del éxito (en términos materialistas, claro está). Es la ley de la selva aplicada a una sociedad como la nuestra, famélica en valores, principios o cultura. Una donde los más débiles tienen que ser víctimas de quienes creen que tener mucho o poco más otorga privilegios, donde crecen las diferencias por algún discutible e insignificante logro personal, que alimenta nuestro inútil ego y termina influyendo en nuestro cotidiano actuar. Respiro profundo y trato de no encrisparme más producto de esa horrorosa canción que suena en el entorno, mientras enciendo mi reproductor MP3 y me sumerjo en mi mundo, envuelto en un aura de fascinación por aquello que creo acabo de volver a descubrir...

“In starlit nights I saw you
So cruelly you kissed me
Your lips a magic world
Your sky all hung with jewels
The killing moon
Will come too soon”

Es un nuevo día en la ciudad… al menos para mí

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